El Sacramento de la Penitencia: una respuesta a Priscila Fonseca

¡La virtud de la penitencia! Un exquisito regalo del Cielo para que el hombre se convierta de sus perversidades, atendiendo al llamado de Jesús a la conversión, volviendo a los tiernos brazos del Padre. 

Hace poco indagaba, como de costumbre, en un blog de una autora protestante llamada Priscila Fonseca. Podría decirse que Priscila es una profesora de teología (desconozco si tiene credenciales académicas en esta materia) y también es escritora de artículos en su página web y en Facebook. 

Pues bien, en su blog «encuéntrame en el cielo», en la sección de «sectas» (esto me puso un poco triste) hay un artículo titulado: El Sacramento de la Penitencia. Respeto mucho a Priscila y aprecio bastante su trabajo, pero cuando terminé de leer el artículo sentí una profunda decepción por lo mal que se desarrolló en su refutación a esta doctrina católica. Para Priscila, esta doctrina parece ser una muralla que divide a los católicos «de los cristianos», así lo deja ver en su introducción. También comenta que hay razones distintivas por las que un católico y un protestante no están exactamente unidos en la práctica. Menciona que mientras los protestantes creen que Jesús es el único camino que lleva al Padre, los católicos damos este rol también a María, sin percatarse que el lenguaje devocional mariano aunque es idéntico —en ocasiones— al lenguaje devocional cristológico, tiene significancias radicalmente distintas. También comenta que para los protestantes (que ella llama «cristianos») la única fuente de autoridad son las Escrituras, mientras que para los católicos es la Tradición. Sin embargo hay una evidente confusión, como notarán los lectores, ya que los católicos creemos que la máxima autoridad para interpretar las Escrituras es el Magisterio de la Iglesia, mientras que las Sagradas Escrituras y la Sagrada Tradición son fuentes de revelación; son Palabra de Dios. 

Entrando más en materia Priscila comenta lo siguiente: 

Entre las diferencias existentes, los sacramentos sobresalen. Estos son actos simbólicos que la iglesia católica romana practica para externar su «espiritualidad». Una cosa notable es que los católicos practicantes lo hacen para alcanzar cierto nivel de espiritualidad. A diferencia de los cristianos, que una vez que hemos recibido al Espíritu Santo y hemos entregado nuestra vida a Cristo, entonces vienen las obras, llegan como una consecuencia por esa entrega a Dios, no como medio para llegar a Él.

Es verdad que los sacramentos juegan un papel importante en la economía de nuestra salvación. Ninguno que se negara a participar de ellos podría salvarse. Considere el Sacramento de la penitencia: en él, uno es perdonado por sus acciones pasadas; es absuelto de sus ofensas hacia el Señor y se vuelve a la conversión para alcanzar una vida renovada y plena en Cristo. El arrepentimiento y el examen de conciencia son parte del todo orgánico del sacramento de la penitencia, y estos son fundamentales para la perseverancia de los cristianos. Priscila parece confundir la perseverancia continua de los santos con la salvación inicial de los cristianos. Cuando dice que a diferencia de nosotros los católicos, los cristianos, creen en el Señor para que después vengan las buenas obras, sugiere implícitamente que los católicos pretendemos hacer todo lo contrario por medio de los sacramentos: participar de ellos para entonces alcanzar inicialmente a Cristo. Pero esto no es así. El católico participa de los sacramentos porque ha creído en Cristo; porque la gracia de Dios nos mueve, a través de la fe, a cumplir con las ordenanzas cristianas que instituyó el Señor por él y por medio de sus apóstoles. Priscila confunde la naturaleza de los méritos de los cristianos y aplica erróneamente a los católicos una concepción de la justificación que ha sido rechazada por la Iglesia muchos siglos atrás. 

Después de esta introducción Priscila salta a abordar en específico la teología detrás del Sacramento de la Penitencia. Ella hace la apertura preguntando: ¿En qué parte de la Biblia está especificado que los hombres son los que tienen el poder de perdonar pecados? Luego continúa:

Podemos perdonar las transgresiones que son cometidas en contra de nosotros, pero no tenemos bajo ningún motivo, el poder perdonar los pecados de los demás. Por esa razón es que cuando los amigos del paralítico lo bajaron por el techo para ser sanado por Jesús, los fariseos se escandalizaron en cuanto Cristo dijo «Tus pecados te son perdonados» (Marcos 2:5), porque NADIE más que Dios tiene el poder para perdonar pecados… NADIE.

Como este artículo es una refutación y no una exposición del SP, me limitaré a citar un sólo texto el cual me parece es el más explícito a favor de esta doctrina: «Recibid el Espíritu Santo. Si perdonas los pecados de cualquiera, son perdonados; si retienes los pecados de algunos, ellos son retenidos.» (Juan 20:23). El apoyo bíblico para el SP en este pasaje se hace evidente porque versículos anteriores Jesús dice a los discípulos: «como el Padre me envió, yo también os envío» (v. 21), posteriormente confiere la autoridad de perdonar y retener pecados como ministros de la Iglesia. En este pasaje Jesús utiliza el tiempo perfecto lo que implicaría que una vez que los apóstoles declaran el perdón o la retención de los pecados, dichos pecados serían retenidos o perdonados por las mismas acciones de los apóstoles. Esto da a entender que Jesús estaría de acuerdo con las decisiones de los apóstoles al momento de juzgar los pecados de los hombres. 

Algunos protestantes dicen que este texto se refiere más bien a la predicación de los apóstoles; ellos anunciarán el perdón de los pecados y estos serían perdonados en virtud de la fe con que se aceptara el evangelio. Sin embargo, el contexto del capítulo 20 de San Juan no menciona en ningún momento la predicación de los apóstoles. Uno podría decir que al momento en que Cristo declaró «como el Padre me envió yo os envío a vosotros» estaba estableciendo que se trata de la predicación del reino de Dios, ya que Cristo fue enviado para traer las buenas nuevas del Evangelio. Sin embargo, Jesús no solamente fue enviado a eso sino también a perdonar los pecados de los hombres (Mc. 2:51), y esto tendría más sentido con el contexto inmediato donde Jesús concede explícita y simplemente a los discípulos el poder de perdonar o retener pecados, y no el poder de predicar el perdón de los pecados. Esta parece ser la explicación más simple del pasaje. 

Sin embargo, ¿no es sólo Dios quien perdona los pecados, como decían los escribas? En efecto, sólo Dios perdona los pecados, pero esto no impide que Dios utilice agentes terrenales para efectuar esta obra. Considere Santiago 5:17, en tal pasaje Santiago dice que todo aquel que esté enfermo debe ir a los ancianos, y por la oración de ellos quedarán sanados. Sólo Dios sana sobrenaturalmente, pero al Señor le ha placido usar mediadores para concretar sus sanidades. Asimismo, cuando Jesús les confiere la autoridad a los apóstoles de perdonar los pecados es sólo por la participación activa del Espíritu Santo («Recibid el Espíritu Santo») que podrían llegar a hacerlo. Cuando los católicos decimos que la Iglesia tiene el poder de perdonar pecados, es como cuando un predicador protestante dice que Pedro sanó a un paralítico en Hechos 3 o que Pablo resucitó a Eutico en Hechos 20:9-12, etc., se sobreentiende que se trata de una operación divina ejecutada a través de unos simples mortales. 

Priscila continúa: 

Para ser absueltos, el sacerdote indica el número de rezos que hay que realizar para terminar el proceso y estar limpios de pecado. Es por esto que se vuelve fácil ser un pecador con licencia temporal, no hay una necesidad urgente de cambiar de hábitos pues con tanta simplicidad una persona puede estar siendo absuelto cada vez que va a confesarse. No hay una urgencia en buscar la santidad pues el perdón se puede obtener a través de rezos y en última instancia, a través de indulgencias. ¿Dónde queda el compromiso con la ordenanza de Cristo: “Ve y no peques más”? Cristo no dijo: «Ve, confiesa tus pecados y reza 5 Aves Marías». Esto se vuelve monótono y carece de un compromiso real con Dios.

Me sorprende que Priscila menciona que es una simplicidad el irse a confesar ante un sacerdote para quedar absuelto de nuestros pecados, cuando en líneas anteriores muestra una metodología que es bastante sencilla para recibir el perdón de Dios. Ella menciona que: «pedimos perdón por el pecado cometido con el firme propósito de no volver a cometer esa transgresión.» Y así es como, desde la perspectiva de Priscila, el hombre queda perdonado de todos sus pecados. Ella dice que el proceso que los católicos llevan para obtener el perdón de sus pecados se convierte en una «licencia temporal» para pecar; sin embargo, uno podría invertir los papeles y decir que la metodología que ella propone también podría convertir a uno en un «pecador con licencia», pues uno podría cometer el mismo pecado una y otra vez, y en cada una de estas ocasiones hablarle a Dios y decirle: «Señor, perdóname, propongo no cometer esa misma transgresión de nuevo», ¡y listo! La absolución viene sobre el pecador y éste continúa con su vida cometiendo nuevamente el mismo pecado que prometió no cometer. Pero, ¿creerá Priscila que eso convierte la metodología que menciona en una mera simplicidad y en un hincapié para convertir a alguien en un «pecador con licencia»? Supongo que no, y es que el problema, diría Priscila, no está en la metodología en sí, sino en el corazón dañado del ser humano que por causa de su poca fe, malos hábitos y falta de caridad, no puede dejar de ofender al Señor por más que se confiese constantemente. Pero entonces esta misma respuesta sería aplicable a la perspectiva católica: aquellos que constantemente se confiesan porque constantemente caen en el mismo pecado, lo hacen por lo ya antes mencionado: por debilidad, en pocas palabras. Por lo tanto, dichos alegatos (en el buen sentido de la palabra) no invalidan la eficacia del sacramento de la penitencia de la Iglesia Católica.

Otro evidente error que encontramos en el extracto antes citado, es que se piensa que el perdón viene «por los rezos o por las indulgencias», pero esto es una confusión decepcionante de lo que se practica en la Iglesia. Los rezos son los actos penitenciales de los católicos una vez que el sacerdote ha declarado el perdón de los pecados en ellos. Mientras que las indulgencias sirven para eximir las penas de carácter temporal que, de no ser aliviadas en la tierra, uno deberá purgarlas en el estado escatológico del purgatorio. 

Priscila también menciona que el Señor nunca dijo que fuéramos a confesar nuestros pecados y rezar cinco Aves Marías; que esto sería algo monótono y falta de compromiso real con Dios. Además del evidente anacronismo (que supongo, era una mofa), parece que de nuevo quiere desacreditar la eficacia de las prácticas católicas por los desvaríos espirituales de los laicos. Alguien también podría decir que es algo monótono el estar orando todos los días; el ir a la iglesia todos los domingos; el estar escuchando sermones 3 veces a la semana (como hacen la mayoría de iglesias protestantes), pero de nuevo esto lo haría alguien que no está espiritualmente capacitado para soportar este tipo de comunión con Dios, no porque la práctica en sí sea monótona. Por lo tanto, está en uno el comprometerse realmente en una relación con Dios y no en los sacramentos per se. 

Continuemos leyendo otra parte del artículo: 

«La ICR [Iglesia Católica Romana] dice que después del bautismo no es posible obtener el perdón de los pecados mortales sin la confesión, que todos los pecados mortales cometidos después del bautismo deben ser acusados en la confesión. Se insta a que el pecador recuerde todos sus pecados, pues comete una falta grave si omite alguno, pero ¿qué hay de los pecados que cometemos y de los que no tenemos memoria?» 

Para responder esto, querida Priscila, sería prudente leer el catecismo de la Iglesia Católica (así como sería pertinente leerlo antes de hacer una crítica a la misma). Este nos dice:

Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque “si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora” (S. Jerónimo, Eccl. 10,11) (Cc. de Trento: DS 1680).2

Asimismo, San Pío X responde a esa incógnita de manera aún más explícita:  

¿Hizo buena confesión quien calló por puro olvido un pecado mortal o una circunstancia necesaria? – Quien calló por puro olvido un pecado mortal o una circunstancia necesaria, hizo buena confesión, si empleó la debida diligencia para recordarlo.3

Esto refuta las próximas alegaciones de Priscila sobre que el sacramento de la penitencia en la ICAR sería inválido puesto que hay pecados que nos son ocultos, y que no son revelados sino por el Espíritu Santo.

Priscila concluye con lo siguiente:

No podemos ser mediados por otro hombre como nosotros, un sacerdote es un hombre con fallas, con pecados, y que necesita la salvación como nosotros la necesitamos. Un hombre así no puede portar nuestros pecados, no puede darnos salvación y no puede perdonarnos. Solo Cristo, solo Dios.

El problema con esto es que se confunde el rol único de Cristo como mediador de nuestra salvación, con el rol parcialmente diferente de los sacerdotes. Los sacerdotes deben verse como humildes siervos de Dios; como embajadores de las multiformes gracias de Jesucristo, y no como Cristo mismo. Ellos fueron instituidos por Dios para ser usados como mediadores de los dones de Dios: ya sean sanidades, milagros, ordenaciones, perdón de pecados, etc. Todas las acciones sobrenaturales de los sacerdotes son hechas en virtud de la gracia, poder, amor y gloria de Jesús de Nazaret, de Dios Padre y del Espíritu Santo. 

Que este artículo sirva de aprendizaje para todos aquellos que están entrando al mundo de la apologética. En ningún momento pretendí tomar una actitud altanera contra Priscila, ni mucho menos irrespetuosa. Como ya dije, admiro su trabajo y me he beneficiado bastante con las bibliografías que a veces nos comparte. Que el Señor la bendiga enormemente y la sabiduría del Espíritu Santo la lleve a todo conocimiento de la verdad. Que así sea. 

Con amor, 

Mikael.

REFERENCIAS. 

[1] Nótese que en Marcos 2:5 Jesús no utiliza la predicación del Reino de Dios como vía para que los pecados del paralítico fueran perdonados, sino que ejerce dicho perdón en virtud de la fe del paralítico y por su propia declaración y juicio.

[2] CCE. 1456 

[3] San Pío X, Catecismo Mayor, 2da. Edición, Grupo Editorial Éxodo, 153. p. 126.

2 comentarios sobre “El Sacramento de la Penitencia: una respuesta a Priscila Fonseca

  1. ¡Hola, Mikael! Gracias por tu artículo en refutación. Si algo te concedo, es que la pestaña de “Sectas y Religiones” aparece solo como “sectas” (no he sabido arreglar eso, pues mi intención inicial con el blog era subir además de sectas, algunas reflexiones sobre otras religiones). He leído tu artículo y me parece interesante lo que escribes, sin duda no lo menosprecio. Aunque mantengo mi postura al respecto.
    Te mando un fuerte abrazo y nuevamente agradezco tu respuesta y tiempo dedicado a mi reflexión.

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  2. Dice que no hay que confesarse con un hombre porque es un pecador como nosotros. Siguiendo esa lógica entonces tampoco podríamos bautizarnos con un hombre, porque es pecador como nosotros.

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